Mi primer Android: recuerdos y sensaciones de un HTC One S

Última actualización el 15/06/2014 a las 13:15

Yo siempre he sido uno de esos chicos que veían cómo sus amigos cambiaban de móvil cada dos por tres mientras yo seguía con la misma patata con la que llevaba dos años. Mi primer móvil fue el uno de los primeros Sony Ericsson a color: el Sony Ericsson T68i, que me regaló mi abuelo. Tras ese pasé al Siemens C66, el primer Siemens con cámara de fotos –si a eso se le puede llamar cámara de fotos– y, poco después, pasé al LG Viewty, una basura de la que me deshice en cuanto tuve dinero.

Recuerdos y sensaciones del HTC One S

De ese pasé al Nokia N70, un teléfono que marcó mi vida porque me acompañó en mi primer beso, en la entrada al instituto y, porqué no, en mi primer suspenso. Tras años con este pedazo de cacharro pasé al malo, feo, lento, inútil y resistente Nokia X6-00, un teléfono que, lejos de ser un buen teléfono, ha podido ser el que más veces ha sido estrellado con la pared tras la notificación: “No hay espacio. Cerrando aplicación”. Aquí empieza mi historia androide.

De dónde vengo

Fotografía Nokia X6-00

Como he dicho antes, vengo de un Nokia X6-00 de 16 GB. Este teléfono, que algunos tienen la osadía de considerar smartphone, corría el sistema operativo Symbian OS v9.4, tenía una “maravillosa” pantalla de 3,2 pulgadas cuya resolución era de 360 x 640 píxeles y OVI Maps, algo que nunca llegué a probar porque en el momento en el que abría la aplicación, el teléfono me decía que no tenía espacio. Sí, desde el primer momento me dio fallos, pero Nokia se desentendió totalmente.

Todavía recuerdo la mala leche de la que me ponía cada vez que abría una aplicación en mi Nokia X6-00 y me decía que no había suficiente memoria disponible. Pensando que tal vez era un problema del sistema operativo intenté flashear un firmware diferente que encontré por Internet y, por supuesto, me lo cargué –por fin–. Ante esta situación, renové, para mi desgracia, el contrato con mi compañía de siempre y adquirí el que era, por aquellos entonces, el segundo tope de gama de HTC: el HTC One S.

Los inicios

Recuerdo el primer momento en el que lo encendí y se iluminó su pantalla Super AMOLED qHD (540 x 960 píxeles) de 4,3 pulgadas y toqué el que sería mi compañero de viaje hasta hace poco más de medio año. La carcasa trasera, que estaba recubierta de un tipo de cerámica, fue un fracaso absoluto que hizo que el teléfono se me rallase en cuestión de dos días solo de tenerlo en el bolsillo.

Tras pagarle a Vodafone 200 euros que dolieron en mi bolsillo quincerañero más de lo que me habría gustado, recibí una caja de “cartón” blanco muy fea que traía dentro mi HTC One S. Con una cámara de 8 megapíxeles que fue estrenada con un selfie con mi hermano en el ascensor, 1 GB de memoria RAM, un procesador Qualcomm dual-core MSM8260A a 1.5GHz y una GPU Adreno 225, el HTC One S marcaría un antes y un después en mi vida geek.

HTC One S delantera

Sin duda, uno de las cosas que más me gustaron de este terminal era lo poquito que pesaba en comparación con mi antiguo Nokia y, cómo no, que tenía Android, algo que agradeceré de por vida porque gracias a este terminal empecé a familiarizarme con la que es una de mis mayores aficiones a día de hoy: Android y todo lo que le rodea.

Otra cosa que me gustaba bastante y que empezó a cansarme con el paso del tiempo fue el ecualizador Beats Audio. Al comprar el teléfono me regalaron los de Vodafone unos auriculares Beats –que se rompieron en cuestión de días– con los que escuchaba música en una calidad normalita. Eso sí, cuando desactivabas Beats Audio el teléfono perdía puntos por momentos, porque sin eso se escuchaba fatal.

Otro aspecto negativo era la horrorosa manera en la que se calentaba el teléfono. Con el GPS, con un juego, en el bolsillo… daba igual la situación, mi HTC siempre estaba calentito, tan calentito que muchas veces tenía que dejarlo encima de la mesa porque me estaba quemando la pierna de llevarlo en el bolsillo. El problema es que cuando quise darme cuenta de ese problema ya había pasado la garantía, y me tuve que aguantar.

Gracias a XDA-Developers y HTCmanía descubrí el mundo del root, y ahí llegó el peor punto negativo de mi experiencia con HTC One S. Tardé días en familiarizarme con términos como bootloader, root, RUU, recovery… pero, al final, me lancé a rootearlo, y hasta hace dos semanas no he sido capaz de meterle una ROM cocinada. Ahora os explicaré por qué.

El final

Tras rootear el teléfono encontré un término con el que no había coincido hasta ahora: S-OFF y S-ON. HTC le añade una seguridad extra a sus terminales para que los usuarios avanzados –de los cuales yo no era por aquellos entonces– no pudieran destrozar su terminal, y ahora entiendo porqué. Instalé Greenify (una de mis salvaciones, porque la batería volaba) y de ahí no pasé, ya que para todo lo demás necesitaba quitar esa seguridad extra, y por aquellos días el método era tan complejo que no me atreví.

Pantalla HTC One S

Tras ver que la batería volaba, tras brickearlo más de 10 veces por cosas tan simples como desinstalar una aplicación o “instalar” una ROM cocinada, y tras ver que mi teléfono no pasaba de Jelly Bean, decidí darle un descanso. Para ese momento ya estaba en el mercado el BQ Aquaris 5, el cual se compró mi novia –que se convirtió en mi conejillo de indias– y, posteriormente, me compré yo.

A día de hoy cuento con un BQ Aquaris 5 con la pantalla partida por la mitad, y el HTC One S se lo ha quedado mi hermano pequeño. Aunque es cierto que la experiencia con el BQ no está siendo del todo mala, he de reconocer que el rendimiento inicial de mi HTC One S aún no lo he encontrado en ningún teléfono que haya tocado, aunque he de reconocer que me decepcionó mucho durante los últimos meses, ya que lo que empezó siendo un gran terminal se convirtió, en más de 10 ocasiones, en un bonito pisapapeles.

¿Y tú? ¿Has tenido algún HTC One S? ¿Qué piensas de él? ¡Cuéntanos tu opinión!

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