Hay extraños lugares en el espacio que lanzan asteroides hacia el exterior: podrían precipitar un asteroide contra la Tierra
Te contamos cómo Júpiter utiliza los huecos de Kirkwood como una honda gravitatoria hacia nuestro planeta
Casi siempre nos han vendido la idea de que el cinturón de asteroides es una especie de frontera perfecta y ordenada, un muro de escombros que separa a los cuatro planetas rocosos de los gigantes gaseosos. Pero la realidad es bastante distinta. Olvida esas escenas de las películas de ciencia ficción donde las naves esquivan rocas a toda velocidad; el espacio es inmenso y, aunque hay millones de asteroides entre Marte y Júpiter, están tan dispersos que podrías cruzar la zona sin ver uno solo.
Lo verdaderamente inquietante de esa región no es la abundancia de rocas, sino los lugares donde, inexplicablemente, no hay absolutamente nada. Son los llamados huecos de Kirkwood, y son los responsables de que muchas de esas rocas acaben pasando demasiado cerca de la Tierra, como se puede leer en IFLScience.
Fue Daniel Kirkwood, un astrónomo estadounidense, quien en 1866 se dio cuenta de que algo no cuadraba. Al analizar las órbitas de los asteroides, notó que faltaban objetos en distancias muy específicas respecto al Sol. Era como si alguien hubiera pasado una aspiradora por carriles concretos del cinturón. Kirkwood no tardó en señalar al sospechoso habitual: Júpiter. El gigante del sistema solar es tan masivo que su gravedad dicta las reglas del juego. Cuando un asteroide se encuentra a una distancia donde su órbita se sincroniza con la de Júpiter, un fenómeno que los científicos llaman resonancia, la situación se vuelve insostenible.
En el espacio, como en la vida, quien te cuida también puede ser quien te pone en peligro

El cinturón de asteroides se encuentra entre las órbitas de Júpiter y Marte
Para entenderlo mejor, imagina un columpio: si le das un empujón justo en el momento adecuado, cada vez llegará más alto. Con los asteroides pasa algo parecido. En esos huecos específicos, por cada vuelta que da Júpiter al Sol, un asteroide puede dar exactamente dos o tres. Ese ritmo constante hace que la gravedad de Júpiter le dé un "tirón" gravitatorio siempre en el mismo punto. A diferencia de otros lugares del cosmos donde la resonancia aporta estabilidad, aquí solo genera caos. En unos pocos millones de años, lo que en tiempos astronómicos es apenas un parpadeo, la órbita del asteroide se deforma tanto que abandona posición original y empieza a invadir el espacio de los planetas interiores.
Aquí es donde la curiosidad científica se convierte en una cuestión de supervivencia. Una vez que un asteroide es expulsado de su carril por culpa de Júpiter y empieza a merodear por el sistema solar interior, se vuelve impredecible. Al pasar cerca de Marte o de la propia Tierra, la gravedad de estos planetas termina de desviarlos, empujándolos hacia órbitas que cruzan la nuestra. Así es como nacen los NEO (objetos cercanos a la Tierra). Lo que empezó como un baile rítmico con Júpiter a millones de kilómetros termina convirtiéndose en una amenaza potencial que nos obliga a vigilar el cielo cada noche.
Aunque en un principio Júpiter nos protege, en ocasiones puede lanzar asteroides contra la Tierra
Un ejemplo perfecto de esto lo tenemos en Bennu y Ryugu, dos de los asteroides más famosos de los últimos años. Todo apunta a que ambos son fragmentos de un cuerpo mucho mayor, llamado Polana, que se hizo añicos tras un impacto. Aquella colisión lanzó los escombros peligrosamente cerca de uno de los huecos de Kirkwood, y Júpiter hizo el resto: los catapultó hacia nosotros. De hecho, Bennu es hoy uno de los objetos espaciales más vigilados debido a la probabilidad de que acabe chocando contra la Tierra en el futuro.
Al final, todo esto nos deja una lección sobre la dualidad de nuestro vecindario cósmico. Júpiter siempre ha tenido fama de ser el hermano mayor y protector de la Tierra, una especie de escudo gravitatorio que desvía cometas peligrosos hacia fuera del sistema solar. Y es cierto, nos protege. Pero los huecos de Kirkwood nos recuerdan que ese mismo guardián también puede ser nuestro peor enemigo, jugando al billar con rocas gigantes y lanzándolas en nuestra dirección.