La privacidad en Internet no existe, y te explico por qué

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La privacidad en Internet no existe, y te explico por qué

Muchas veces se nos llena la boca hablando de privacidad, de cómo mantener tus datos a salvo, de cómo hacer para que X o Y app/empresa no te espíe y no sepa nada sobre ti pero, en realidad, todo esto es un mito. La privacidad, definida como la “parte más interior o profunda de la vida de una persona, que comprende sus sentimientos, vida familiar o relaciones de amistad”, no existe en Internet. Y no existe no porque no pueda existir, sino porque nosotros mismos hemos querido que no exista. La privacidad en la red, en las apps sociales y en el mundo 2.0 no existe, y te voy a explicar por qué.

Primero debes entender una cosa, y es que en el momento en que un producto es gratis, el producto eres tú. No tú como tal, sino tu perfil. La publicidad online es el negocio del siglo XXI, y para que esta funcione se debe tener acceso a una ingente cantidad de datos que nosotros, los usuarios, cedemos a las empresas de forma completamente gratuita a cambio de nada, a cambio de que nos dejen subir nuestras fotos a su plataforma para compartirlas con nuestros amigos y, con mala suerte, con el resto del mundo.

No vamos a entrar en cookies, análisis de datos y cruce de información porque eso es un tema que ya conocemos –si no lo conoces, aquí tienes un análisis sobre cómo Facebook usa tus datos para mostrarte publicidad–. Vamos a hablar de cómo te afecta a ti, como usuario, que las redes sociales no tengan límites y que no sean ni la mitad de privadas de lo que dicen ser. Lo realmente interesante del tema es que has sido tú (entendiendo “tú” como “todos los usuarios de la red”) el que ha decidido que así sea.

Usaré Instagram porque es la red social más idónea para ejemplificar lo que que quiero decir, pero lo puedes aplicar a tantas apps y servicios como quieras.

Mi cuenta privada con 800 seguidores

La privacidad en Internet no existe, y te explico por qué

Por lo general, el usuario medio se siente seguro al tener un candadito al lado de su perfil que indica que la cuenta es privada. Aquí hay dos temas: 1) Si tu cuenta es privada para que “solo te vean tus amigos”, ¿cómo es que tienes 600-700 seguidores en ella? ¿Tantos amigos tienes? ¿Sabrías decirme el nombre de todas las personas que te siguen? 2) ¿Cómo sabes que esas personas que te siguen no te la van a jugar? ¿Sabes lo que hacen cuando ven algo tuyo? ¿Puedes controlarlo? Basta con que una de estas personas te la juegue para que tu vida se pueda convertir en un infierno.

Cuando una persona se graba o se echa una foto para subirla a las Stories de Instagram, tiene la seguridad de que nadie le mira y de que está él solo con la cámara de su móvil. Está a salvo, en casa, y su cuenta es privada. Sube la foto y la ven sus amigos, pero más allá de conocer quién ha visto la foto deslizando hacia arriba, no sabe si alguien ha capturado la imagen y, mucho menos, qué hará con ella. Puede pasarla por grupos de amigos, puede hacerse un perfil falso con esa foto y calumniarte, o peor, puede incluso traficar con ella.

Hay apps como Snapchat que te avisan de que han hecho una captura de pantalla, pero ¿y luego qué? Además, burlar este mecanismo es tan sencillo como hacerle una foto con una cámara u otro móvil a la pantalla.

¿A dónde llega lo que subes?

La privacidad en Internet no existe, y te explico por qué

Basta una búsqueda en Google para llegar a ciertas webs con salas de chats privadas a las que solo puedes acceder con contraseña –no diré el nombre, evidentemente–. En estas salas hay grupos de todo tipo, desde aficionados a los coches hasta de piratería de cómics, pasando, por supuesto, por grupos de intercambio de fotos y vídeos privados. Estos grupos se basan en la colaboración de usuarios, que suben fotos, generalmente de chicas –desconozco si hay de chicos– a cambio de que el resto de usuarios suban fotos de otras chicas. Los nombres de archivos tienen la nomenclatura de las imágenes descargadas de Facebook o los vídeos mandados por WhatsApp. Algunos de los clips son grabaciones de los directos en Instagram o, directamente, screenshots de los perfiles de las usuarias.

En estas salas de chats, conseguir el acceso a la cuenta privada de una chica conocida se convierte en una moneda de cambio que se puede usar para conseguir más fotos de otras personas.

Suena tétrico, ¿verdad? Pues es una realidad que existe y que está ahí. La hemos aceptado y lo peor es que nos da igual. Hemos preferido vender nuestra privacidad, nuestra vida íntima, aquello que “no queremos que vea nadie” a cambio de likes, comentarios, seguidores y humo, en definitiva. Si algún día esa red social en la que tienes tantos seguidores decide echar el cierre, todo lo que tenías en ella no valdrá nada. Habrás expuesto tu vida privada a cambio de cero.

La privacidad en Internet no existe, y te explico por qué

Un ejemplo conocido es el de Angie Varona. Esta chica, a sus 14 años, compartió fotos íntimas con su novio a través de Photobucket. Todo genial, hasta que un día le hackearon la cuenta y todas sus fotos en lencería y en ropa interior salieron a la luz. Ha sido el nombre más buscado en Google durante 10 años, tuvo que cambiar de colegio varias veces porque le hacían bullying, pasó por una depresión y por las drogas, e incluso llegó a tener pensamientos suicidas. Todo por exponer su privacidad y sentirse segura en Internet. Esto fue en 2007, imagina qué pasaría ahora, en 2018, si esto llegase a sucederle a una persona como tú.

Por más seguro que te sientas en Instagram, por más privada que sea tu cuenta, por más que quieras, siempre, siempre, siempre, habrá formas de vulnerar tu privacidad y exponerte al dominio público. Y créeme cuando te digo que, una vez entras en Internet, es imposible salir de él. Nunca sabrás quién tiene tus fotos guardadas en un pendrive, quién se ha hecho pasar por ti, quién ha visto esta foto tan maravillosa que tanto te gusta. Nunca.

Ahora que llega el verano y es una fecha muy dada a compartir fotos de fiesta, en la playa, etc., cuídate mucho de subir algo que no quieras que se haga público o que vea un tercero indeseado. Puede sonar tremendista, y hay quien dirá que son “casos aislados”, pero un caso aislado deja de serlo cuando lo vives en tus carnes. Ten cuidado con lo que hagas en Internet, con lo que subas y lo que muestres, y por supuesto, nunca confíes en el buen hacer de los 600 seguidores de tu cuenta privada de Instagram.

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Archivado en Opinión, Privacidad, Redes sociales
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