La risa revela un secreto perturbador sobre cómo usamos la IA en casa
Un estudio analiza cómo reaccionamos ante los asistentes de voz en casa y descubre que la risa dice más sobre nuestras relaciones que sobre la propia inteligencia artificial
Los asistentes de voz prometían revolucionar nuestros hogares. Que si recetas paso a paso, que si conversaciones naturales, que si un futuro casi de ciencia ficción en el salón. Pero la realidad, y los cambios que han sufrido en este último tiempo, ha hecho que todo sea bastante más terrenal. Y, curiosamente, la clave para entenderlo no está en la tecnología… sino en la risa.
Un estudio reciente que ha analizado grabaciones de familias usando asistentes como Alexa en casa ha descubierto algo muy llamativo: cuando nos reímos frente a la IA, casi nunca nos reímos con ella. Nos reímos entre nosotros.
- Nos reímos de la máquina, pero conectamos entre personas
- Cuando parece que entiende más de lo que realmente entiende
Nos reímos de la máquina, pero conectamos entre personas
Los investigadores analizaron momentos concretos en los que aparecía la risa durante la interacción con inteligencias artificiales. Y el patrón fue claro. Las carcajadas surgían cuando el dispositivo entendía mal una orden, respondía algo fuera de lugar o se negaba a contestar por alguna restricción inesperada.
Pero esa risa no estaba dirigida al asistente como si fuera un interlocutor real. No era complicidad con la máquina. Era complicidad entre las personas presentes.
Si Alexa decía algo absurdo, lo que se activaba no era una relación emocional con la IA, sino una mirada cruzada entre quienes estaban en la habitación. Una forma de decir: “¿Has oído eso?”. La tecnología actuaba como detonante social, no como participante real de la conversación.
Incluso en los pocos casos donde alguien estaba solo interactuando con el asistente, la risa parecía tener un destinatario humano. En una grabación, una persona soltaba una carcajada claramente orientada a llamar la atención de alguien que estaba en otra habitación.
La conclusión es casi incómoda: la IA no se integra como un miembro más del hogar. Es un accesorio alrededor del cual seguimos interactuando entre humanos.
Del entusiasmo inicial a la rutina mínima
Otro patrón interesante tiene que ver con el paso del tiempo. Al principio, cuando el asistente llega a casa (altavoces con asistentes de voz), hay curiosidad. Se prueban comandos, se hacen preguntas absurdas, se juega. Es casi como un juguete nuevo.
Pero esa fase dura poco. Con el tiempo, el uso se reduce a funciones muy básicas como poner temporizadores, lanzar una lista de reproducción, subir o bajar el volumen mientras cocinas o tienes las manos ocupadas. Nada de conversaciones profundas ni interacciones avanzadas como prometían los anuncios. Ese tipo de acciones se suelen llevar a cabo de manera privada con apps de IA como ChatGPT, Gemini o Claude.
La IA doméstica termina siendo una herramienta práctica, pero limitada. Y eso contrasta con el discurso comercial que la presenta como casi una presencia inteligente con la que convivimos.
Cuando parece que entiende más de lo que realmente entiende
Aquí es donde el estudio plantea algo más delicado. Los humanos tendemos a atribuir cualidades humanas a la tecnología. Si un asistente responde con tono amable o hace una broma programada, es fácil proyectar intención, comprensión o incluso empatía.
El problema no es que usemos asistentes de voz. El problema aparece cuando la tecnología está diseñada para parecer más comprensiva o cercana de lo que realmente es.
Los investigadores advierten que, en combinación con ciertos diseños persuasivos, esta ilusión puede hacer que bajemos la guardia, o sea, que confiemos más de la cuenta. De esta forma, podemos compartir más información o gastar más dinero sin pensarlo demasiado.
La risa, en este contexto, deja de ser solo una reacción divertida. Se convierte en un indicador social. Una señal de cómo encajamos la tecnología en nuestras dinámicas diarias.
Al final, la IA en casa no está sustituyendo nuestras relaciones. Está actuando como espejo. Nos muestra que seguimos necesitando miradas cómplices, gestos compartidos y pequeñas risas entre personas reales. Y quizá ese sea el verdadero secreto: por muy avanzada que sea la inteligencia artificial, el centro de la escena en casa sigue siendo profundamente humano.